viernes, 11 de noviembre de 2016

Afortunada


Actúa de la manera en la que te gustaría ser y pronto serás de la manera en la que actúas.

Aunque estoy convencido de que nada cambia, para mí es importante actuar como si no lo supiera.

(Leonard Cohen)







Se detuvo unos instantes en el collado, cerró los ojos y se concentró en paladear el viento del norte que,  gélido y directo como el golpe de una daga, azotaba la escasa vegetación. Se preguntó a cuántos amaneceres como aquél podría asistir. Con suerte, a un puñado de inviernos más, que en  el mejor de los casos representaban una cifra modesta. El de hoy, ya es mío, el próximo es una mera hipótesis de trabajo, pensó.

A través de los párpados apretados notó el fogonazo aloque del orto. Un escalofrío le hizo tomar conciencia de que estaba aterida. Dio media vuelta y complacida por su buena fortuna inició el descenso hacia el valle que, hospitalario, se ofrecía a envolverla en la calidez de la vida...



¿Cómo evitar el simulacro,
cómo vivir sin desvivirnos?
Surcan los días por tu vientre.
Somos el tiempo que nos queda.

José Manuel Caballero Bonald

domingo, 23 de octubre de 2016

Lavado


Pobre Sasha.  Pobres chicas. El mundo las engorda con la promesa de amor. Cuánto lo necesitan y qué poco recibirán jamás la mayoría de ellas [...] Y luego les arrebatan sus sueños con una fuerza violentísima.

Emma Cline "Las Chicas"







Salió al exterior y alzó la vista hacia el cielo que, turbio e impasible, arrojaba por los portillos un aguacero inclemente. Se ciñó la capucha, ajustó los cierres del anorak y comenzó a caminar con paso vivo.

Tiempo después se detuvo con la mirada fija en los guijarros del sendero, brillantes, lavados por el agua. Alrededor de sus pies discurría alegre y juvenil un arroyo recién formado por la precipitación. Respiró hondo, se sintió ligera y llena de energía, con la impresión hiperrealista de que toda la roña acumulada durante la pasada semana abandonaba su cuerpo y se deslizaba ladera abajo arrastrada por la corriente.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Bálsamos




Al final de la carretera vislumbró, diluidas en un espejismo provocado por el calor, unas construcciones precarias que  parecían constituir un pequeño núcleo habitado. Apretó el paso anhelando poder descansar cuanto antes.



Acallado el resuello producido a consecuencia del repecho final, resguardada bajo la única sombra existente junto al  bar de la plazoleta, contempla a un individuo que camina, seguido muy de cerca por un mugriento perro.  

Le resulta difícil estimar su edad,  por lanzar una conjetura apuesta que bordea los sesenta. Porta una mochila de lona, y por atavío  una camiseta de color indefinido rotulada con un eslogan borroso y un pantalón tejano; cubren sus pies unas botas de marcha cuarteadas y resecas. Recoge su pelo ralo en una coleta; Las zonas de su rostro que no oculta una barba silvestre, ofrecen un bronceado de tono cobrizo.

Cruza una breve mirada con el desconocido y la joven experimenta una sensación extraña e inefable, una suerte de revelación.

La escena, que se le antoja onírica y brumosa, abre en su imaginación un pasadizo que la sumerge en evocaciones y reflexiones habitualmente entorpecidas por el tráfago.


Acuden a su conciencia frases del diálogo perteneciente a una novela leída recientemente (1):

- Y eso que íbamos a cambiar el mundo.


- El mundo es como el clima [...]. No se puede cambiar. Ni moldear. Pero te moldea a ti.


Cuando abandona sus cavilaciones, ve al misterioso caminante alejarse.


¡El trago amargo de la lucidez!

Mientras busca un pasaje subrayado en un gastado libro reflexiona sobre la conveniencia de tener a mano bálsamos para calmar  el dolor de la certidumbre,  para aliviar el vacío...







(1)  "La isla de los cazadores de pájaros" (Peter May).


viernes, 5 de agosto de 2016

La victoria de cada día









[...] Y de la muerte qué decirte. Si estás vivo,
no tienes sensación de estar muerto, y si has muerto
no tienes sensación alguna. ¿Por qué entonces
ibas a preocuparte de la muerte? Vivir
cada mañana como un triunfo, una victoria:
ahí tienes el camino que conduce a la calma.
Tenemos que arrancar cada día del sueño
con el motor puesto a punto y la ilusión incólume,
recién lavados en la sangre de un dragón
al que hemos dado muerte con nuestras propias manos.
Mientras ese dragón hecho de oscuridad
vuelve a juntar los mil y un pedacitos
en que lo hemos trocado por unas cuantas horas,
hay tiempo suficiente para saborear
el triunfo de estar vivos.

Luis Alberto de Cuenca (Le jour sort de
 la nuit comme d'une victoire)

lunes, 25 de julio de 2016

Donde los escorpiones





Quien teme morirse se muere varias veces al día, todos los días de su vida. Quien no, se muere cuando le toca y ya está.

[...] hay un momento en la vida en el que uno acepta que todo cuanto es y tiene no pasa de ser una contingencia a la que tampoco hay que exagerar el apego [...]

Hace tiempo que opté por el estoicismo [...] No esperar nada, aceptarlo todo, no formular quejas más que contra ti mismo. [...] Evita frustraciones. Al final no está en tu mano garantizar que nadie, aparte de ti, te haga el menor caso.

[...] al menos logré parar el golpe. Si lo analizas, al final la vida es eso, casi todo el tiempo; o por lo menos la vida de aquellos que, por lo que sea, no nacimos para colmar las expectativas que los demás dan en poner en nosotros.

"Donde los escorpiones" (Lorenzo Silva)


miércoles, 20 de julio de 2016

Tendencias en Ciencia Cognitiva


Al levantar los ojos de aquel libro,
leyó el amanecer en un campo de nubes
que incendiaba la luz. Era el final del viaje,
casi el final de la novela [...]

(Fragmento de "Realismo" ,Luis García Montero)





Esbozando una sonrisa apartó a un lado la revista,  cuya cabecera  “Tendencias en Ciencia Cognitiva” le sugería algo relacionado con la moda o tal vez con la decoración, y se dedicó  a  la mera contemplación  hedónica de las numerosas personas que transitaban por la plaza, aventurando hipótesis, fundadas en impresiones fugaces, acerca de sus circunstancias, sin preocupación alguna por su verosimilitud.

Había estado repasando un artículo cuyo autor, entusiasmado por los resultados de su estudio reciente,   creía delectar una serie de conclusiones al amparo de las más modernas técnicas de resonancia magnética, plasmadas en numerosos gráficos en los que se mostraba  mediante puntitos brillantes y coloreados la activación de diferentes zonas del cerebro, y sin embargo adolecía de una bochornosa reiteración. Se trataba de una estrategia que había contaminado los procedimientos de la Psicología y que, lejos de remitir, amenazaba con destruir una tradición secular de buena praxis, un mar en el que los investigadores mediocres calaban sus redes indiscriminadamente a la búsqueda de cualquier tópico resultón al que aplicar sus dudosos procedimientos.

El destilado de conocimiento se resumía en  siguiente  “abstract”, por supuesto redactado en inglés, que siempre aporta un plus de enjundia: “Leer ficción fomenta la empatía. Los lectores pueden formarse ideas sobre las emociones, las motivaciones y las ideas de los otros y trasladar esas experiencias a la vida real”. “Los escritores no necesitan describir escenarios de forma exhaustiva, solo tienen que sugerir una escena y la imaginación del lector hará el resto”.
 
Tratando de olvidar la vacuidad pegajosa que impregnaba el  texto, se sumió unos instantes en el deleite que le producía saborear la cerveza, y durante un momento su mirada se cruzó con la de la joven patinadora que, esquivando a los viandantes en un alarde de pericia, abocaba la estrecha calle en dirección al puerto. 

Vidas constituidas por lecturas, por músicas, por anhelos, sin solución de continuidad con lo que el prejuicio define mediante el término “realidad”, la vida tangible presente en cada poro de aquella ciudad...


 

viernes, 10 de junio de 2016

Mariano. Cabaña Verónica








Con los ojos velados por la emoción, que se le desborda cuando reconoce su caligrafía, observa bajo el sol pleno de verano la placa adosada a la base del refugio.


 1983-2007

 Estoy porteando. Voy con el talkie a la escucha. El guarda C. V. Mariano.













Frente a la puerta cerrada, inicia un breve monólogo:

     - Te debía una, susurra.

    - Que no. Que no estoy llorando. Es el puto orujo. En su mano agita  una pequeña petaca de la que ha bebido un generoso trago en honor a su amigo, o tal vez para enfrentar el vacío y el silencio.

     - Quería venir antes, pero ya sabes…

     - Me enteré por las noticias. ¡Qué ironía! ¡Con lo que te gustaba a ti la notoriedad!
  
-    ¿Sabes? Al final te hice caso y acabé los estudios.

-   Sí. Ya sé que he engordado. ¡Gracioso! Pero hoy no tienes que cargar conmigo, así que no te quejes. Una tenue sonrisa se perfila en sus labios.





Sentada en el banco exterior  observa el pico mientras una ráfaga de aire fresco deshace un penacho de nubes que asciende lentamente, detrás de Horcados Rojos.

Se sirve dos dedos de licor y las imágenes de aquella mañana afloran como el agua de una surgencia:

Era el verano del año 2000. Tiene la certeza de la fecha: sus primeras vacaciones después de cumplir la mayoría de edad. El año anterior ya había propuesto su plan en casa, pero sus padres se opusieron de modo tajante.

- Tú sola, allí arriba. Ni hablar…

A punto de cumplir los diecinueve, con los ahorros obtenidos de su precario trabajo,  avalada por una amiga que perjuró que la acompañaría, pudo llevar a término su pequeña aventura.

Durante todo el día disfrutó del paisaje prístino, demorando el regreso hasta que la tarde comenzó a extinguirse. Cuando inició la marcha, tras un largo rato de inactividad, sintió un agudo dolor en el tobillo que al poco se acentuó haciéndola cojear de manera ostensible. Al parecer la torcedura sufrida horas antes, a la que no había prestado apenas atención, se había complicado.

En el desvío a Cabaña Verónica, un hombre apoyado en unas rocas al borde del camino la observa impasible mientras se aproxima: tiene un aspecto sereno, su rostro y sus brazos intensamente bronceados, la piel curtida por la intemperie. Por encima del cuello de su camiseta de un color desleído  aflora, como una vegetación indómita, una abundante y salvaje pelambrera blanca. Ocultan sus ojos unas gafas anti-ventisca de cristales redondos en cuya superficie espejada se refleja el paisaje lunar que los rodea. 

- Mal te veo para llegar al Cable antes de que cierren.

- He dado un traspié esta mañana y ahora  me cuesta caminar.

- A ver. Te echo un vistazo.

Sus manos ásperas y nudosas examinan con una suavidad paradójica el tobillo que  ella le ofrece con un rictus de aprensión.

- No parece serio, pero será mejor que guardes reposo. Puedes pasar la noche en el refugio y mañana veremos…

-  Sube, que te acerco, le indica aproximándose a ella para que monte a caballito sobre su espalda.

- ¡Venga! No tengas vergüenza. Por cierto, soy Mariano, el guarda de Cabaña Verónica, se presenta mientras la chica, con el rostro bermellón se acomoda.

-   Gracias. Yo soy Celia. ¿Podrás conmigo?

-   Chiquilla, si no pesas nada. Estoy acostumbrado a portear...

Cesa su evocación. La niebla ha cubierto el valle formando un precioso mar de nubes. Se gira y ofrece un brindis en dirección al Tesorero.  Fabula que, fundido para siempre con la caliza que lo abraza, su amigo  le sonríe desde la cumbre, siempre con el "talki" a la escucha...
    









El refugio Cabaña Verónica fue inaugurado el 13 de agosto del año 1961. Promovido por el ingeniero Conrado Sentíes se construyó utilizando la cúpula metálica procedente de la batería antiaérea del portaaviones estadounidense USS Palau, que se encontraba en un puerto vasco para ser desguazado. Se tardaron siete días en montar la piezas que se subieron a lomos de un caballo. Ubicado en un promontorio rocoso entre Horcados Rojos y el pico Tesorero, en el macizo central de Picos de Europa, fue guardado durante 25 años ininterrumpidamente por Mariano Sánchez, hombre muy apreciado por los montañeros habituales de la zona, y por los miembros de los servicios de rescate, alertados frecuentemente  desde su emisora de radio, vital antes de la llegada de la telefonía móvil. Muchos visitantes ocasionales,  lo recordarán en verano ofreciendo bebidas frías en un cruce del camino al collado de Horcados. Mariano falleció en 2008. El 5 de julio de dicho año sus cenizas fueron depositadas en la cumbre del pico Tesorero. En la base del refugio se instaló una placa que reproduce el mensaje manuscrito que solía dejar cuando bajaba al Cable a portear suministros.  Un hombre que nunca buscó la notoriedad, siempre dispuesto a prestar ayuda y que forma parte del imaginario y de la leyenda de los Picos, recordado con cariño y gratitud por muchos. Sus comunicaciones por radio se iniciaban con la siguientes palabras: "Aquí base polar, bastión inexpugnable, nido de águilas humanas y perla acero de la mar cantábrica".