Mostrando entradas con la etiqueta Psicología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Psicología. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de julio de 2016

Tendencias en Ciencia Cognitiva


Al levantar los ojos de aquel libro,
leyó el amanecer en un campo de nubes
que incendiaba la luz. Era el final del viaje,
casi el final de la novela [...]

(Fragmento de "Realismo" ,Luis García Montero)





Esbozando una sonrisa apartó a un lado la revista,  cuya cabecera  “Tendencias en Ciencia Cognitiva” le sugería algo relacionado con la moda o tal vez con la decoración, y se dedicó  a  la mera contemplación  hedónica de las numerosas personas que transitaban por la plaza, aventurando hipótesis, fundadas en impresiones fugaces, acerca de sus circunstancias, sin preocupación alguna por su verosimilitud.

Había estado repasando un artículo cuyo autor, entusiasmado por los resultados de su estudio reciente,   creía delectar una serie de conclusiones al amparo de las más modernas técnicas de resonancia magnética, plasmadas en numerosos gráficos en los que se mostraba  mediante puntitos brillantes y coloreados la activación de diferentes zonas del cerebro, y sin embargo adolecía de una bochornosa reiteración. Se trataba de una estrategia que había contaminado los procedimientos de la Psicología y que, lejos de remitir, amenazaba con destruir una tradición secular de buena praxis, un mar en el que los investigadores mediocres calaban sus redes indiscriminadamente a la búsqueda de cualquier tópico resultón al que aplicar sus dudosos procedimientos.

El destilado de conocimiento se resumía en  siguiente  “abstract”, por supuesto redactado en inglés, que siempre aporta un plus de enjundia: “Leer ficción fomenta la empatía. Los lectores pueden formarse ideas sobre las emociones, las motivaciones y las ideas de los otros y trasladar esas experiencias a la vida real”. “Los escritores no necesitan describir escenarios de forma exhaustiva, solo tienen que sugerir una escena y la imaginación del lector hará el resto”.
 
Tratando de olvidar la vacuidad pegajosa que impregnaba el  texto, se sumió unos instantes en el deleite que le producía saborear la cerveza, y durante un momento su mirada se cruzó con la de la joven patinadora que, esquivando a los viandantes en un alarde de pericia, abocaba la estrecha calle en dirección al puerto. 

Vidas constituidas por lecturas, por músicas, por anhelos, sin solución de continuidad con lo que el prejuicio define mediante el término “realidad”, la vida tangible presente en cada poro de aquella ciudad...


 

lunes, 16 de noviembre de 2015

Espejismo

"Mira el paisaje por la ventanilla, los campos hostigados por la sequía, la reverberación del sol en la autopista, el ritmo que pautan los postes de telefonía, el norte acercándose con lentitud, desvelando que quizá no es más que otro espejismo, la línea de un futuro inalcanzable".

(Sara Mesa "Cicatriz")







Contempla el cielo que, diáfano  bajo la influencia de los vientos alisios, se le ofrece inmenso y pleno.

Se pregunta por qué tantos miran sin ver. Víctimas que repercuten el daño, obcecados en su búsqueda estéril, prisioneros del hábito, nunca hallan, ni hallarán. Erraron al señalar la causa de su desasosiego, marraron en el camino escogido, ocultando transitoriamente un vacío vertiginoso cuya existencia se niegan a enfrentar, pero que se manifiesta ineluctable. Ignoran que ya están inmersos en la vida;  la ausencia de perspectiva les impide comprender la conveniencia  de abrir el plano, de intentar una comprensión global. Para ellos no sirven las cartas de navegación o las balizas que, desde el inicio de los tiempos, dejaron otros.

Padecen un deseo que  remite a la acción pero que, resulta paradójico, asfixia e inmoviliza al sujeto hasta anularlo, sin más expectativa ya que diluirse en la alienación  o constatar con desesperación, demasiado tarde,  tras alcanzar la idealizada meta vital, que ésta carece de significado, si es que realmente lo tuvo alguna vez. Un desenlace atroz, cuando no resta espacio para rectificar el rumbo.

El bullicio de unos niños que juegan en las inmediaciones la aparta de sus pensamientos. Comprueba una vez más la pantalla del móvil, sin signo alguno de actividad. Retira la tapa trasera del mismo y extrae la tarjeta SIM. Después de inutilizarla partiéndola en dos, la arroja a un contenedor. Selecciona en el dispositivo algunos temas musicales que la acompañarán esta noche, que ya se anuncia en el relente bajo un cielo cárdeno...



lunes, 2 de noviembre de 2015

Generación Pusilánime


Bret Easton Ellis (1964-), el controvertido autor de "Menos que cero", "American psyco", "Los confidentes" o "Luna Park" entre otros títulos, ha acuñado el término "Generación Pusilánime" que sería de aplicación a gran parte de las personas nacidas en la era de internet. Ellis, que se define a sí mismo y a sus coetáneos como constituyentes de una generación profundamente pesimista e irónica, considera que la juventud actual, como consecuencia sobre todo de la educación recibida, de la crianza por el mero hecho de existir en una crisálida de halagos, ha desarrollado una hipersensibilidad en diferentes aspectos, especialmente a la crítica.

Pero resulta inevitable, todo el mundo ha de toparse con el lado oscuro de la vida, que tan profusamente ha plasmado el autor en sus novelas: a alguien no le gustas, o no le gusta tu trabajo, alguien no corresponde a tu cariño... Y la gente se muere. Encontraríamos así una generación muy segura y positiva cuando las cosas marchan bien, pero paralizada y derrotada por los contratiempos, incapaces de reaccionar incluso ante sucesos banales, que las personas nacidas décadas atrás afrontan como inherentes a la vida. Aplicándoles un término en boga procedente de la Psicología, que ya se ha ocupado de estas cuestiones, carecerían de resiliencia.

viernes, 29 de agosto de 2014

Crisis? What Crisis?






Consultó de nuevo el gps. En los últimos minutos, la pantalla retroiluminada ejercía sobre ella una suerte de poderoso magnetismo que le impedía apartar la vista: 73,2 kilómetros, 8 horas, 16 minutos, 31 segundos; 73,2 kilómetros, 8 horas, 16 minutos 35 segundos...

Alzó la mirada. El cielo comenzaba a clarear, inflamado por un resplandor de tonos burdeos. Al fondo atisbó la familiar silueta plomiza de la residencia del Ejército del Aire. Apenas dos kilómetros para concluir la prueba nocturna, en el Puerto de Navacerrada. 

El breve chaparrón que la madrugada pulverizó sobre  las resecas sendas, había liberado los primeros aromas del inminente otoño  en la Sierra, ajena como un microcosmos al inclemente verano urbano que todavía afligía a la ciudad; sus fragancias, evocadoras, impregnaban el aire.

El último tramo del camino Schmid, como siempre comentaba con los compañeros entre bromas al finalizar los entrenamientos, se hacía especialmente duro, pues a pesar de no tener gran desnivel, era una cuesta arriba continua que había que recorrer cuando ya no restaban apenas fuerzas ni ganas.

Sentía que todo el peso de su cuerpo se hallaba concentrado en sus piernas, era  la sensación familiar del final de las carreras de "ultra".

En las últimas semanas había intensificado los ejercicios de visualización que le recomendó el entrenador del club. En las primeras sesiones era escéptica acerca de lo que podía esperar de ellos, pero seducida por la convicción que ponía en sus palabras Rubén, perseveró y, a fuerza de insistencia, ahora, cuando notaba los cuádriceps pétreos, mil corrientes eléctricas recorrían sus gemelos y las plantas de los pies le transmitían con precisión las punzadas de cada grano de arena del camino, en lugar de ceder al canto de sirenas que la invitaba a parar, en su imaginación veía con total nitidez el arco luminoso de la meta con el cronómetro destellando, la desbordante euforia, la reconfortante ducha, la relajación... 

Conectó el reproductor de música y se ajustó los auriculares. Había reservado el aliento último de la batería, casi agotada, para este momento. Tenía el tema seleccionado - Another Man's Woman del disco Crisis? What Crisis? de Supertramp - una parte del cual fue cabecera durante unos cuantos años  del programa de Tve "Informe Semanal".

Constituía su aportación personal a la práctica de la visualización: emparejar una canción con las imágenes. La potencia de este condicionamiento la sorprendía siempre que se ponía de manifiesto.

Ya no notaba el dolor. Surfeando a lomos de la melodía  cruzó la línea de llegada. 

Abrió los ojos y se encontró, bajo el foco de su frontal, con la mirada brillante y emocionada de Inés, su compañera de entrenamiento lesionada, que tras abrazarla y guiar sus erráticos pasos apartándola a un lado, le ofrecía una botella de bebida isotónica... 

Ahora, las piezas sueltas de su mundo, siempre en equilibro inestable, encajaban, dotándolo de sentido...




Una investigación, desarrollada en Brasil, acerca del efecto de distintos tipos de música en las funciones vitales y el rendimiento físico de un grupo de corredores, arrojó resultados interesantes: la mayoría de los  corredores que escuchaban música antes y durante la carrera completaban el recorrido en menos tiempo que los del grupo que no escuchaba música en ningún momento.

Un resultado sorprendente: el mejor tiempo correspondió a los corredores que escuchaban música tranquila durante la carrera. Este tipo de música ayudaba además a restablecer las funciones vitales tras la prueba, como el nivel de hidratación, ritmo cardiaco, o parámetros de nutrición, de un modo más rápido.

La música, en el deporte, como en la vida, inspira, motiva y aporta fuerzas cuando parece que ya no quedan.




viernes, 4 de julio de 2014

Vacío



Cerró la puerta, avanzó unos pasos y se dejó caer exánime sobre el sofá blanco y  gastado que ocupaba un rincón de la estancia. Le había costado un enorme esfuerzo abrir brecha en la incredulidad del recepcionista. Insistió con tenacidad  en repetirle varias veces su inverosímil relato,  al principio con vehemencia y en un último y desesperado intento, tornando la clave hacia tesituras de súplica, engrasando, eso sí, la voluntad que mantenía la férrea negativa de aquél, mediante la entrega de la única posesión que había salvado, una cadena de oro, como fianza. La prenda en depósito concentró la codiciosa mirada del sujeto, y le allanó el camino más que todas las palabras vertidas en un idioma del que tan sólo conocía sus rudimentos, y que la obligaba a recurrir a la mímica para hacerse comprender.


Y ¿Ahora qué? Trató de concentrarse en insuflar algo de vida en sus pulmones, pero las paredes desnudas de la habitación comprimían su respiración. Sus manos, ajenas a la realidad, tanteaban buscando asir el móvil, sentir su presencia tranquilizadora, pero se perdían en  el vacío.

El vacío... Creía haberlo dejado tras de sí. Ahora lo presentía vertiginoso en su futuro inmediato, y simbolizado en el blanco de las paredes de la habitación, en la ausencia de decoración, se le había aferrado a la mente con firmes garras,  la rodeaba anidando entre sus ojos, provocándole un terror indefinible y desasosegante, plasmado en el sudor frío y angustioso que le perlaba la piel...




La revista Science ha publicado recientemente el resultado de varios estudios (Timothy Wilson, Universidad de Virginia) que muestran lo aversivo que resulta para la mayoría de las personas quedarse a solas con sus pensamientos. En esta situación el sujeto no logra concentrarse en nada y se limita a vagar de una cosa a otra de la forma mas improductiva. La experiencia resulta tan desagradable que el 67 % de los hombres y el 25 % de las mujeres (de todas las edades, grupos sociales y niveles de formación) prefirieron recibir una descarga eléctrica, incluso autoadministrada, si con ello ponían fin a su desazón, que en la situación experimental diseñada, no duraría más allá de 10 ó 15 eternos minutos. En palabras de Wilson la mayor parte de la gente prefiere estar haciendo algo, generalmente banal, incluso dañarse a sí mismos, que no hacer nada o sentarse en soledad con sus pensamientos. El investigador no cree que ese horror al vacío sea una consecuencia del ritmo frenético de la sociedad actual, antes bien postula una sed natural de actividad en las personas, que les permitiría mantenerse alejadas de la posibilidad de enfrentarse a su propio pensamiento. Inquietantes resultados que quizá guarden íntima relación con  muchas de las conductas que observamos a diario en nuestro entorno y sus calamitosas consecuencias tanto en el orden personal, político, social... 

lunes, 31 de marzo de 2014

TDAH y trastorno bipolar infantil





Si seleccionamos unos cuantos títulos relativos a cualquier cuestión de moda en una librería especializada en Psicología, tras su lectura, no es infrecuente llegar la conclusión de que "visto uno, vistos todos". Esto podría hacerse extensivo a otros ámbitos del conocimiento.  La gran mayoría de los autores de estos textos son expertos en la materia, pero en sus páginas se hace muy difícil encontrar una sola idea propia, algo que no sea un mero refrito de la versión oficial de los gurús (catedrático que dirige la tesis del autor, jefe del servicio de psiquiatría del que depende, o laboratorio farmaceútico de turno). No hablemos ya de cuestionar dicha versión.

Este mal endémico se hace extensivo a los medios de comunicación que propagan lugares comunes, a los políticos, que sin saber de qué hablan, legislan sobre lo divino y lo humano asesorados por las autoridades... Y, a pesar de que pueda resultar paradójico, también invade el campo del conocimiento científico.

Las estructuras sociales son monolíticas. Quien quiera progresar profesional, y sobre todo económicamente, debe respetar el orden establecido. Hay mucho negocio e intereses en juego. 

Todo ello, resulta éticamente reprochable, pero merece calificativos mucho más rotundos cuando entramos en el terreno de la salud y el bienestar de las personas,  máxime si hablamos de niños que no pueden decidir por sí mismos.

Afortunadamente, en ocasiones, encontramos un poco de aire fresco, aunque hay que saber distinguir el grano de la paja, lo cual no resulta fácil para las personas profanas, ni para muchos profesionales que desempeñan su actividad como quien profesa una religión. Esta situación se complica debido a que todo un entramado presidido por el dogmatismo conspira para acallar las voces críticas. 

Hablamos  de aunar la solidez profesional, el juicio y la independencia de criterio, de apartar los prejuicios al analizar el objeto de estudio, algo que debiera ser irrenunciable para cualquiera de que se dedique profesionalmente a estos menesteres, y más en si es en primera línea.


Es el caso del libro que quiero reseñar: "Volviendo a la normalidad. La invención del TDAH y del trastorno bipolar infantil" (Alianza Editorial). Se trata de un texto de reciente aparición, acerca de asuntos de máxima actualidad e importancia (el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y el trastorno bipolar infantil), suscrito por tres auténticos expertos en la materia, independientes y de absoluta solvencia. Un libro interesante para padres, vital para aquellos cuyos  hijos están en riesgo de ser mal diagnosticados, muy recomendable para profesionales de la educación, e inexcusable para quienes se dedican  a la psicología o la medicina.






miércoles, 26 de marzo de 2014

Psicología, Sociedad y Moral




El estudio de la moral por parte de la Psicología no parece constituir un ámbito que suscite demasiado interés, a juzgar por su escaso desarrollo si lo comparamos con otras áreas. Quizá ello constituya un reflejo de la poca relevancia de esta cuestión en nuestra sociedad.




El modelo cognitivo evolutivo del desarrollo moral de Kohlberg

Amplía y desarrolla el modelo de Piaget. El desarollo moral como una construcción activa que el sujeto realiza en interacción con el medio, y que le lleva a niveles de autonomía superior. Se centra en el análisis del juicio moral: proceso cognitivo de razonamiento para resolver dilemas morales que permite la reflexión sobre los valores, jerarquizarlos y tomar decisiones consecuencia.
Kohlberg identifica tres grandes niveles de desarrollo moral, en una concepción finalista que tiende a la perfección:

I) Preconvencional: lo correcto e incorrecto en términos de sentimientos subjetivos del sujeto. Actitud pragmática y hedonista. La conducta se juzga al margen de la intención que la motivó.

II) Convencional: énfasis en los sentimientos colectivos.  La conformidad con el grupo de referencia, el mantenimiento del orden social y cumplimiento de las leyes, son los criterios morales rectores.

III) Postconvencional: lo correcto como construcción personal del sujeto referida a principios universales de justicia, derechos naturales y respeto hacia todas las personas, inmune a cualquier tipo de revisión intersubjetiva y por encima de cualquier sentimiento personal o normativa de grupo: la moral por encima de la ley si esta va contra los derechos humanos.






Al margen de las posibles inconsistencias  de esta teoría, para lo que nos interesa en este comentario: parece existir acuerdo en que podríamos encuadrar a las personas en alguno de los estadios descritos, y si abandonamos los prejuicios al uso, admitir que lo deseable  sería alcanzar el estadio III, lo cual según la investigación ocurre en muy pocos casos. A medida que avanzamos en los estadios morales aumenta la consistencia entre juicio y conducta (lo que se piensa y lo que realmente se hace).












 Parecería juicioso exigir que las personas que pretendan aspirar a ostentar puestos con responsabilidad de gobierno en nuestra sociedad, desde los que se adoptan decisiones sobre cómo regular la vida de los demás,  hubieran alcanzado el estadio postconvencional.






 Si nos atenemos a los hechos,  al modo en que desarrollan su actividad numerosos gobernantes y responsables de las distintas instituciones políticas, educativas, sociales, etc. resulta evidente que demasiados permanecen en el estadio preconvencional, la mayoría  se mantienen en el estadio convencional, el que más valoran  los políticos también en los ciudadanos, por  lo que supone de conformismo social y acatamiento de las leyes vigentes, sin cuestionarlas, de obediencia a la autoridad. No sorprende, por ello, que las sucesivas reformas de los sistemas educativos se encaminen a reforzar las materias puramente técnicas, a formar individuos que proporcionen piezas de recambio al sistema, en detrimento de los contenidos que promueven la reflexión y la evolución moral de los alumnos, que a la postre se convertirían en ciudadanos críticos y menos manipulables. 




 El estadio postconvencional, es alcanzado según los estudios por pocas personas, y presumiblemente por menos aun entre los políticos, que si manifiestan disconformidad en sus propios partidos antes de alcanzar cotas de poder de cierta relevancia (para cuya obtención es preciso cultivar previamente la obediencia y la sumisión, real o fingida), serían expulsados de los mismos. Respecto a los postconvencionales ,al suponer una minoría crítica con la situación social, que contempla las leyes como meras convenciones susceptibles de ser mejoradas, con enorme potencial de creatividad, se hace todo lo posible desde las instituciones por evitar su acceso a los puestos de decisión, tratándolos como sujetos peligrosos para el orden social. Es decir, alcanzar este estadio de desarrollo moral está penalizado en nuestra sociedad, en la que  se prima a las personas que se mantienen en un estadio convencional de desarrollo moral, o que al menos tengan el cinismo suficiente para simularlo.


La descripción de nuestra sociedad, a grandes rasgos, desde este modelo resulta patética: un sistema político, social y económico sustentado por una gran masa social de votantes y votados, varados en los estadios preconvencional y convencional del desarrollo moral, cuya permanencia en los mismos es fomentada por la educación y por el entramado de recompensa social.  Un sector cuantitativamente irrelevante de individuos en el estadio postconvencional que, lejos de ver reconocida su valía y potencial en todos los ámbitos, son considerados por las instituciones como marginales, cuando no como meros antisistema, o en el mejor de los casos como curiosa élite cultural al margen de la realidad... ¿ De qué realidad ? 








viernes, 21 de marzo de 2014

Autodeterminación





Con frecuencia, fundamentalmente debido a los prejuicios sociales que condicionan la vida de los individuos,  la profesión u ocupación de una persona constituye uno de los principales rasgos definitorios de su identidad social e incluso de su personalidad. Si tenemos en cuenta las altas tasas de paro que sufrimos en la actualidad, que pocos de   los que cuentan con un empleo lo desempeñan en la actividad deseada o para la que cuentan con capacitación, y finalmente que entre estos últimos, no es extraño que la labor profesional no aporte demasiadas satisfacciones debido a múltiples circunstancias,   es difícil sostener que  con carácter general el trabajo sea algo más que uno modo de ganarse el sustento (que no es poco), salvo para una minoría afortunada que trabaja no solo en lo que desea sino como desea.




La "Teoría de la evaluación cognitiva", presentada por Deci y Ryan (1985) como una subteoría de la "Teoría de la Autodeterminación" señala que cuando los individuos participan en una actividad que han elegido y sobre la que tienen control, mejorará la motivación intrínseca, relacionada con la necesidad de explorar el entorno, la curiosidad y el placer experimentado al desarrollar dicha actividad sin recibir una gratificación externa directa (el desarrollo de la actividad en sí constituye el objetivo y la gratificación, suscitando también sensaciones de competencia y autorrealización). La motivación intrínseca  disminuirá si existe alguna percepción de control por un  factor externo. En el polo opuesto estarían las conductas facilitadas mediante motivación extrínseca (no autodeterminadas, sino determinadas por recompensas o agentes externos). 





Resulta interesante extraer alguna conclusión de este marco teórico, mucho más amplio que lo aquí expuesto. 


De este modo, la satisfacción personal, en sentido amplio, estaría relacionada con las conductas motivadas intrínsecamente (autodeterminadas) en las  que el interés por la propia actividad y las necesidades de competencia y autorrealización subsisten incluso después de haberse alcanzado la  meta. Es importante tomar en consideración, por lo que respecta al desarrollo de cada actividad en concreto, qué es lo que la sustenta motivacionalmente, con el objetivo de poder disfrutar de ella al máximo.




Las personas que desarrollan actividades autodeterminadas con cierto nivel de implicación, autodefinirían más su propia personalidad en función de dichas actividades que en relación con su profesión "oficial",  no siendo extraño que les resulte difícil concebir su existencia y su identidad al margen de las mismas.



miércoles, 12 de marzo de 2014

El loco mirando desde la puerta del jardín. La invención de los trastornos mentales (Héctor González Pardo - Marino Pérez Alvarez)



El loco mirando desde la puerta del jardín


Hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar al pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros
y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o de dios debo mi ruina.

 Leopoldo María Panero de Poemas del manicomio de Mondragón. (Hiperión, 1987)









Recientemente hemos conocido el fallecimiento del poeta Leopoldo María Panero. En todas las reseñas que se ocupan del mismo, se hace referencia a una circunstancia que marcó la vida del autor: el diagnóstico de esquizofrenia y su ingreso durante décadas en distintos centros psiquiátricos, a los que Panero se refería como manicomios. En las ocasiones en que fue entrevistado, manifestó reiteradamente su escepticismo ante la psiquiatría y sus diagnósticos, atribuyó su lamentable estado, en gran medida, al tratamiento masivo con psicofármacos. A modo de ejemplo:

  • "He pedido el alta mil veces. Yo no quiero estar aquí. Aquí odian el pensamiento, como en toda España. Por eso delirar y soñar es una defensa. Y por eso para 'curarte' se empeñan en quitarte las fantasías".
  • "Escribir es todo lo que se puede hacer en un manicomio. Aquí te das cuenta de que Kafka es un escritor realista". 
  • "Yo seré un monstruo, pero no estoy loco".
  • "La locura existe, no así su curación". 
  • "Los manicomios son el Estado de no-derecho. Los manicomios son lugares de privación de la vida. La psiquiatría es una estafa. La psiquiatría delira". 
  • " Los periódicos en España han tenido que elegir entre la locura y la verdad, y tanto los que han elegido una cosa como la otra han elegido bien, porque las dos se parecen mucho".
  • " ¿Qué es la verdad? El único malestar en la cultura y la única revolución posible es la de la locura, que debiera ser un cambio y no un trastorno en la percepción". 
  • “El loco yerra, pero no miente, pues tiene la manía de decir siempre la verdad”.
  • " Vivo una situación infernal en el manicomio. Eso es peor que la muerte".
  • " Creo en la literatura, pero no creo en la clase obrera, y menos en la clase obrera española. Creo en el anarcoindividualismo, no hay nadie por encima de mí".  


Inquietantes manifestaciones... Los interrogantes que plantean las palabras del poeta, han sido tratados a fondo, entre otros muchos aspectos relativos a los denominados "trastornos mentales", en el texto que recomendaré a continuación. Quiero destacar algunas conclusiones de los diferentes estudios realizados, que se analizan en el mismo, por guardar relación con las tesis  sostenidas por Leopoldo Mª Panero: en el caso de la esquizofrenia, aún sin negar su posible condición biológica, los sistemas de diagnóstico así como las formas de tratamiento pueden conformar de alguna manera su curso y pronóstico, que es significativamente mejor en los países en vías de desarrollo que en los países tecnológicamente más avanzados: su curso es más benigno y el deterioro en el funcionamiento social es menor en los primeros. Probablemente en nuestro entorno cultural se confía todo a la medicación, descuidando otras condiciones de orden vital, de las que dependería el mejor pronóstico y recuperación en el Tercer Mundo. La medicalización de un episodio psicótico podría, en algunos casos, convertirlo en una enfermedad mental, cuando podría quedar en un episodio de la vida.





Las personas interesadas en estas cuestiones pueden profundizar en las mismas mediante la lectura del libro "La invención de trastornos mentales" (Alianza Editorial) de Héctor González Pardo (Doctor en Biología, profesor titular de Psicobiología del Departamento de Psicología de la Universidad de Oviedo) y Marino Pérez Alvarez (Doctor en Psicología, catedrático de Psicología de la Personalidad, evaluación y tratamientos psicológicos de la Universidad de Oviedo). A continuación me tomo la libertad de transcribir la introducción del texto de estos autores de absoluta solvencia con el único objeto de clarificar el planteamiento del mismo y alentar la lectura de un texto de gran valor:


El tema del libro

El tema de este libro es, en primera instancia, el desenmascaramiento de las prácticas clínicas, tanto de la Psiquiatría como de la Psicología, por medio de las cuales se inventan trastornos mentales. Las prácticas clínicas, se excusaría decir, forman parte de todo un entramado que incluye la investigación científica, la industria farmacéutica, el estatus de los profesionales implicados, la política sanitaria, la cultura clínica mundana y, en fin, la sensibilidad de los pacientes. Con todo, el tema del libro es, en última instancia, el planteamiento de la naturaleza de los trastornos mentales y de su tratamiento, a partir de lo que revela el desenmascaramiento realizado. Lo que se pone de relieve por todos los lados es que los «trastornos mentales», lejos de ser las supuestas entidades naturales de base biológica que buena parte de la clínica actual (en connivencia con la mayoría de los pacientes) pretende hacer creer, serían entidades construidas de carácter histórico-social, más sujetas a los vaivenes de la vida que a los desequilibrios de la neuroquímica. El hecho de que sean entidades construidas no priva para nada a los trastornos de entidad real. Ahora bien, su carta de realidad sería de otro orden, más del orden de los problemas de la vida que de la biología y de la persona que del cerebro.

El problema del que parte

El problema de partida es la creciente cantidad de trastornos mentales, referida tanto a la aparición de nuevos tipos como a la incidencia de los ya conocidos. Así, nuevos tipos de trastornos, aunque ya parecen de toda la vida, datan en realidad de hace unos veintitantos años (a partir de la década de 1980), tales como el estrés postraumático, el ataque de pánico y la fobia social, por citar unos que tienen categoría diagnóstica reconocida. No se dejaría de recordar que desde la primera edición, de 1952, del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-I) de la Asociación Americana de Psiquiatría a la del año 2000 (DSM-IV-TR), las categorías diagnósticas han crecido más del 200% (pasando de poco más de 100 en 1952 a casi 400 en 2000), dándose el mayor aumento a partir de las ediciones de la década de 1980 (de donde datan las categorías citadas). Si se tiene en cuenta que a finales del siglo XIX había unas ocho categorías, el «progreso» ha sido considerable. Por su parte, la incidencia de otros trastornos ya conocidos, como la depresión, ha alcanzado proporciones epidémicas, cuando apenas tenía relevancia hace veintitantos años. Sin ir más lejos, el consumo de antidepresivos en España (siguiendo tendencias internacionales) se ha triplicado en diez años, pasando de 7.285.182 envases vendidos en 1994 a 21.238.858 en 2003, a cargo de la Seguridad Social (según datos facilitados por el Ministerio de Sanidad), sin contar las prescripciones de los psiquiatras en sus consultas privadas. Además, en 2005 los medicamentos más vendidos en cuanto a número de envases fueron los psicofármacos. Por otro lado, la misma esquizofrenia parece tener mejor pronóstico en los países del Tercer Mundo que en los más desarrollados. Así, mientras que la remisión de un proceso psicótico en los países en vías de desarrollo es del 63% en los más desarrollados es del 37%. ¿Qué está pasando? La respuesta no se puede conformar con explicaciones genéricas tales como decir que vivimos en una sociedad acelerada, de estrés, que nos vuelve locos. Para empezar, una explicación así debería resultar chocante si se considera que esa misma sociedad es la del bienestar y de la calidad de vida. Se podría añadir que ha cambiado la sensibilidad de la gente, de manera que ahora «siente» como problemas cosas que antes no lo eran o eran vividas de otra manera. De ser esto cierto, surge una petición de principio, ¿por qué es así?, ¿de dónde viene esta sensibilidad? Otra posible respuesta podría invocar el desarrollo de las disciplinas que entienden de estos problemas, la Psiquiatría y la Psicología, diciendo que habrían descubierto lo que siempre estaba allí gracias a la disponibilidad, ahora, de nuevos métodos científicos. Sin embargo, no se trata propiamente de descubrimientos científicos. Lo que ocurre es más bien una evolución conjunta entre el crecimiento de los trastornos mentales y el desarrollo de las disciplinas que los tratan. Esta posible coevolución entre trastornos y tratamientos debiera ser examinada antes de invocar los hallazgos científicos como explicación del mayor número de trastornos. Lo que revelaría el examen es que dicha coevolución se da en el contexto de un creciente gasto sanitario. Nos referimos sobre todo al gasto en psicofármacos. En este sentido, el gasto sanitario viene a ser el contexto que sostiene y mantiene la boyante coevolución entre trastornos y tratamientos. A estas alturas, ya no se podría ser tan ingenuo o tan cínico como para decir que «menos mal que la Seguridad Social puede sostener el coste de tanto trastorno». Porque lo que realmente habría que decir es que el gasto sanitario está sosteniendo y manteniendo la propia coevolución entre trastornos y tratamientos. Prueba de ello es su escalada continua. Dada esta escalada, ya no es fácil ciertamente percibir si son antes los trastornos mentales (los problemas) y después los psicofármacos (las soluciones), como sería lógico, o si son antes los psicofármacos y después los trastornos, al fin y al cabo no sería la primera vez que las soluciones generan los propios problemas que dicen solucionar. Se puede adelantar, de acuerdo con explicaciones debidamente documentadas que se encontrarán en el libro, que es esto precisamente lo que está pasando, que son antes los psicofármacos que los trastornos. Los psicofármacos son los que promueven los trastornos de la manera que son, como si fueran enfermedades mentales. Bien entendido que no se está diciendo que la existencia de psicofármacos sea la causa de que la gente tenga problemas, sino de que los problemas que tiene la gente tomen la forma de trastornos mentales de supuesta base biológica remediable precisamente con psicofármacos. El caso es que los nuevos preparados se suelen abrir paso mediante la preparación de nuevos trastornos. De todos modos, la cuestión aquí no es hacer una mera denuncia de una situación que, aun siendo de escándalo, es conocida (lo que la hace todavía más escandalosa).

La cuestión de fondo

La cuestión de fondo es la naturaleza de los trastornos mentales y su tratamiento. Si hasta aquí se ha hecho mayor referencia a la industria psicofarmacéutica se debe a que ésta es actualmente el mayor sistema de invención de trastornos mentales y de su tratamiento. Pero no se trata de la mera denuncia de una supuesta «mano negra» que manejara los hilos del malestar de la gente (que ni siquiera sería «mano negra» porque es bien conocida). No se trata tampoco de negar el sufrimiento que comportan los así llamados «trastornos mentales». En absoluto se niega que los trastornos dados no sean hechos reales, lo que se plantea es cómo son hechos reales. En este sentido, la cuestión de fondo es de carácter ontológico, acerca del estatuto de realidad del trastorno y de su razón de ser. A este respecto, se presentan dos grandes alternativas. O bien los llamados «trastornos mentales» son entidades naturales de base biológica («formaciones naturales»), o bien son entidades construidas de carácter histórico-social («construcciones prácticas»). Las componendas que mezclan ambas posturas, por ejemplo, equiparando cerebro-mente, serían vistas aquí como explicaciones confusas si es que no oscurantistas. Como quiera que sea, de acuerdo con nuestro planteamiento, los llamados «trastornos mentales», o bien serían «formaciones naturales» cuyas condiciones biológicas se irían descubriendo (y ciertamente habrá que ver lo que se sabe acerca de ellas), o bien serían «construcciones prácticas» cuya forma sería la que los clínicos necesitan dar a los problemas presentados por los pacientes para poder tratarlos de la manera que lo hacen. En este sentido, los «trastornos mentales» serían en realidad las construcciones prácticas que necesita la psiquiatría de orientación biológica para tratarlos como si fueran enfermedades (cuando es el caso que no está nada claro que lo sean). La cuestión es, en el fondo, que los problemas que presenta la gente pueden tomar relativamente distintas formas no ya sólo según el momento histórico-social (por ejemplo, histeria en tiempos de Freud, depresión en tiempos del Prozac), sino también según la orientación de los clínicos que los tratan (por ejemplo, como un problema neuroquímico, psicodinámico, cognitivo, existencial, de conducta o familiar). El caso no es, por tanto, que tomen una u otra forma (que alguna habrán de tomar para su «tratamiento»), sino la forma que tomen. El asunto no es que sean «construcciones prácticas», sino prácticas para quién (¿para la industria farmacéutica?, ¿para el sistema de salud?, ¿para el estatus del profesional?, ¿para el paciente?, ¿para la familia?) y qué sea lo práctico (¿pasar por enfermo?, ¿arreglar una situación?, ¿escamotear la propia responsabilidad en el problema?, ¿asumir la responsabilidad?). Aquí entran de lleno las terapias psicológicas. La idea es que las terapias psicológicas podrían hacerse cargo más cabalmente de los trastornos mentales, dada la homogeneidad entre el tipo de problema y el tipo de solución. Pero ahora el problema que surge es que las terapias psicológicas son varias y variadas entre sí. Cuando menos, habría cinco grandes sistemas de terapia psicológica y cómo tales sistemas contienen todo lo necesario para tratar los distintos trastornos. Quiere decir que un mismo problema podría tener una consideración relativamente distinta según el sistema dentro del que fuera tratado. Esta pluralidad de sistemas podría verse en un principio, y así suele verse, como una «confusión de lenguas», indicativa de inmadurez científica, supuesto que un único sistema fuera lo propio. Sin embargo, no es así, a pesar de los más de cien años de psicología científica. ¿Por qué no es así? Tal vez no hay un sistema unificado de terapia psicológica, debido precisamente a la naturaleza constructivo-práctica de los trastornos psicológicos. Si fueran entidades naturales, como lo son las enfermedades médicas, sería de esperar un sistema estándar (en Medicina no tiene sentido preguntar de qué orientación es, por ejemplo, un neumólogo, sin perjuicio de los distintos criterios clínicos, pero en Psiquiatría y Psicología sí). Siendo los problemas psicológicos susceptibles de una variada reconstrucción (en todo caso, sistemática y, por supuesto, no caprichosa), cabe entender que esa pluralidad de sistemas venga a mostrar el carácter abierto, constructivo-práctico, de los problemas de la vida de los que derivarían, en realidad, los trastornos mentales (psiquiátricos o psicológicos, que ésta ya no es la cuestión). Las diferencias resultantes de enfocar un problema de acuerdo con un sistema u otro no estarían tanto en el orden del acierto y del error (como así sería en el diagnóstico y tratamiento de una enfermedad) como en el orden práctico, siendo aquí decisivo, de nuevo, preguntar práctico para quién y en qué sentido. No se dejaría de anticipar que los propios psicofármacos no respetan los diagnósticos para los que se supone que son específicos. Así, por ejemplo, un psicofármaco aprobado y etiquetado como antidepresivo resulta que es igual de eficaz —o más— para otros trastornos.

La cuestión que emerge: modelo médico de psicoterapia frente a modelo contextual de psicoterapia

Una forma de abrirse paso ante esta pluralidad de terapias psicológicas sería preguntar si funcionan. Porque si no funcionan o unas funcionan mejor que otras, el criterio empírico podría decidir. Pues bien, puede parecer sorprendente pero se puede decir en general que todas funcionan. Todas son eficaces y lo son en una medida similar. Sus diferencias son más de matiz que de sí o no, de decimales que de enteros. Ciertamente, hay algunas terapias psicológicas que tienen mayor reputación de eficacia que otras. Pero esta reputación, sin dejar de ser meritoria y por lo demás bien merecida, tiene una «explicación» que hace al caso de la valoración de las terapias que no gozan de tal reputación. Y es que las terapias psicológicas más conocidas y reconocidas por su eficacia han adoptado el modelo médico, en detrimento de un modelo contextual, quizá más propio de la psicología clínica. El modelo médico de terapia psicológica concibe el trastorno mental como un cuadro de síntomas que responden a un supuesto mecanismo psicológico interno disfuncional (equivalente a la condición biológica que supone el modelo médico de enfermedad). Así, la terapia psicológica consistiría en la aplicación de técnicas específicas, que vendrían a ser equivalentes a la medicación (aun cuando tal especificidad no existe ni en psicofarmacología ni en psicoterapia). Por su parte, el modelo contextual de terapia psicológica entiende el problema presentado (que no sería necesario identificar como un «trastorno mental» cual cuadro de síntomas) en el contexto biográfico de la persona y sus circunstancias. Así, la terapia psicológica consistiría más que nada en la prestación de una ayuda dada en el contexto de una relación interpersonal, se excusaría decir que profesionalmente concebida. El gran mérito de las terapias psicológicas que siguen el modelo mé- dico es que han mostrado ser tan eficaces —o incluso más— que el tratamiento psicofarmacológico. En este sentido, se puede decir que la terapia psicológica tiene probada su eficacia frente a la medicación, que venía a ser una referencia obligada con la que medirse. Las terapias psicológicas reputadas por su eficacia han competido y mostrado su competencia en el terreno de la psiquiatría, jugando con sus criterios de eficacia que no son otros que los de la medicación (mayormente reducción de síntomas). Ahora bien, esta equiparación ha sido a costa en buena medida de convertir los trastornos psicológicos en unos cuantos síntomas definidos más en función de la medicación («escuchando al Prozac») que de lo que realmente le pasa a la gente («escuchando al paciente»). Siendo así, esta equiparación de la terapia psicológica con la medicación ¿es la última palabra?, ¿lo siguiente es continuar compitiendo con la medicación para seguir en carrera? El planteamiento que se sigue en este libro no se conforma con la equiparación de la terapia psicológica con la psicofarmacológica ni toma como modelo el modelo médico. Antes bien, pone en entredicho la propia «bondad» del modelo médico aun dentro de la Psiquiatría. Porque tampoco toda la Psiquiatría está amoldada al modelo médico. De hecho, una importante tradición de la psiquiatría es crítica de la Psiquiatría biomédica y se ofrece ella misma como alternativa (se podría decir psicosocial, cultural, contextual). Puesto que dentro de las terapias psicológicas, hay unas que adoptan el modelo médico, como se acaba de decir, y otras no, la cuestión que se plantea aquí no es Psiquiatría frente a Psicología, sino el modelo de base. Concretamente, la cuestión sería el debate entre el modelo médico (dado tanto en Psiquiatría como en Psicología) y el modelo contextual (que puede encontrarse igualmente en ambas disciplinas.

Las tesis que se sostienen

No importa que en esta Introducción ya se haya medio desvelado el argumento del libro. Se trataba de anticipar su contenido y de invitar a su lectura. Comoquiera que el libro sostiene tesis (más que hipótesis) que no son obvias sino más bien polémicas, será necesario recorrer su argumento. Concretamente, las dos tesis que se sostienen son éstas: por un lado, que los tratamientos tanto psicofarmacológicos como psicológicos se las arreglan para promover trastornos a su medida y, por otro, que la pluralidad de tratamientos existentes revela más bien el carácter abierto de los trastornos psiquiátricos o psicológicos que la supuesta miseria de la Psiquiatría y la Psicología (sin perjuicio de sus debilidades). En todo caso, la vida y tanto más en la sociedad actual parece «causar» trastornos sin parar. De ahí que sea importante preguntar qué está pasando y si fuera necesario, como parece serlo, plantear la cuestión de fondo, que no es otra que la naturaleza misma de los trastornos mentales y de sus tratamientos. En resumidas cuentas, la cuestión va a ser si se ha de escuchar al fármaco, reduciendo el trastorno a los síntomas sensibles a la medicación, o si se ha de escuchar al paciente, situando el trastorno en el contexto de su vida y circunstancias.

El desarrollo del argumento

El argumento del libro se desarrolla en tres partes. En la primera, se lleva a cabo el desenmascaramiento de la Psiquiatría y de la Psicología clínica, desvelando su método de construcción. Se empieza por introducir el «efecto Charcot», según el cual el clínico describe lo que él mismo propaga, mostrando que este efecto sigue vigente en la psiquiatría actual. En esta línea, se señala al marketing farmacéutico como una nueva «institución para la propagación de la fe»; en este caso, en las explicaciones y soluciones biológicas a los trastornos mentales. Más allá de la propaganda, se estudia la cultura clínica que caracteriza a la sociedad actual. Finalmente, se presentan ejemplos concretos de invención de trastornos mentales, donde figuran algunos de los más prevalecientes en la clínica actual. En la segunda parte, se hace un estudio a fondo del estado actual de la psicofarmacología. Se empieza por la historia del descubrimiento de los psicofármacos, donde se muestra que a menudo ha sido cosa más de la casualidad que del conocimiento de causa. A continuación, se expone su funcionamiento, de acuerdo con los tres grandes grupos de psicofármacos de mayor uso: ansiolíticos, antidepresivos y antipsicóticos. Dado que es muy importante para comprender el verdadero alcance de los psicofármacos, se exponen asimismo los métodos que se utilizan en su investigación; en concreto, los ensayos pre-clínicos, los ensayos clínicos y los modelos animales de «enfermedades mentales». Puesto que los psicofármacos suponen que los trastornos mentales tienen bases biológicas, se expone lo que se sabe actualmente acerca de dichas bases biológicas. Dentro de ello, se destaca en particular lo que se mide realmente mediante las técnicas de neuroimagen. En la tercera parte, se hace también un estudio a fondo en este caso de los tratamientos psicológicos. Se empieza por reconocer la existencia de distintas formas de tratamiento. Se entiende que todas tienen su razón de ser: unas se proponen la comprensión de sí mismo; otras, el entendimiento filosófico de los problemas; otras, la potenciación de las propias capacidades autosanadoras; otras más, el aprendizaje de nuevas formas de comportamiento, y, en fin, otras más todavía, la revisión de las relaciones familiares. De cada una de ellas se presenta su fundamento, concepción psicopatológica, objetivos, procedimiento y estatus empírico. Finalmente, se establecen las conclusiones generales del libro, las cuales alcanzan tanto a la naturaleza de los trastornos mentales como al modelo conforme al que debieran ser tratados.





sábado, 8 de febrero de 2014

Fluir (Flow) - Mihaly Csikszentmihalyi





Durante varias décadas Mihaly Csikszentmihalyi,  (pronunciado de modo parecido a  "Cis-zen-mijáli"), profesor de Psicología de la Universidad de Chicago ha elaborado una completa teoría en torno a lo que podríamos denominar estados óptimos de la experiencia, que se producen en instantes de concentración intensa y activa, en los que la actividad que uno desarrolla centra toda la atención de modo absoluto, generando sentimientos de intensa plenitud.




 El eje de la experiencia óptima es un peculiar "estado de conciencia" que el autor denomina flow (fluir), el cual puede ser provocado y controlado a voluntad, pudiéndolo circunscribir cada individuo a sus particulares intereses o habilidades,  siendo posible experimentarlo en el curso de las más diversas actividades, prácticamente en cualquier ámbito, no necesariamente en el campo deportivo, artístico o intelectual, aunque estos representen claros ejemplos de flujo.








En las circunstancias descritas, acontecen entre otros y a modo de ejemplo: un radical abandono de   la   autoconciencia, la persona se siente fuerte, con control, rindiendo al máximo... Muy intensa resulta la impresión de que el tiempo desaparece y con él los conflictos emocionales, aspecto este de gran importancia, puesto que, en gran medida, los trastornos psicológicos que aquejan a tantas personas en  la sociedad occidental encuentran su prioridad causal en la hiperreflexividad, con lo cual podríamos afirmar que  el flujo se constituye un importante aliado en la  prevención y superación de estos desórdenes.


El flujo transforma la personalidad, haciéndola más rica y compleja

Flujo como proceso dinámico

Es importante puntualizar que el desarrollo de actividades generadoras de flujo no presupone ser un experto en ellas o alcanzar un dominio absoluto de las mismas, o superar a otros en su desempeño, aunque el flujo también puede provenir de estas cualidades o conducir a ellas. Es decir, lo fundamental es  que todos podemos fluir, y que el flujo no es una situación estática, sino un proyecto dinámico.


Fluyendo por el bosque invernal, como la niebla.