jueves, 14 de abril de 2016

Palabras


AH, SÍ

Hay cosas peores
que estar solo
pero a menudo hace falta décadas
para entenderlo
y en la mayoría de los casos
cuando lo entiendes
ya es demasiado tarde
y no hay nada peor
que
demasiado tarde.

Charles Bukowski




A través de la cristalera contemplaba el repicar de las gotas en la superficie del lago, agitada tras el reciente aguacero. Las nubes comenzaban a retirarse y su silueta veloz se proyectaba deformada sobre la ondulada lámina  metálica de agua.


Posó la mirada en un folio doblado por su mitad en el que había anotado, con letra desigual, un puñado de frases compuestas al ritmo del cimbreo de las ramas de los sauces.
  

Disfrutaba jugando con las palabras, paladeando su sonoridad, aquilatando sus significados.  En su concepción narrativa resultaba esencial un texto dotado de fuerte capacidad evocadora, que insuflara estados de ánimo, contagiara impresiones, transmitiera ideas con precisión. El arte de crear mundos, en definitiva. Ahí radicaba la auténtica magia de la escritura. Un poder trascendente e intangible que la sobrecogía cuando se manifestaba en las obras de sus autores preferidos.

Abrió el libro y retomó la lectura interrumpida. Gruesos goterones, notas musicales tocadas al piano en clave de fa, se derramaban desde un cielo opaco produciendo un leve efluvio de vaho al chocar contra el suelo recalentado de mediodía...



sábado, 12 de marzo de 2016

Un lejano resplandor


Tenía un oficio extraño y raro. Pintaba líneas blancas en el suelo. Todo el día pintando líneas. Líneas que separaban. Líneas que unían. Líneas continuas, discontinuas e intersecciones. Su vida era una línea. Soñaba con una línea. Cualquier línea recta que veía le hacía sacar de forma inconsciente el metro del bolsillo y la medía. Al comer, guardaba la línea. Al escribir, no se salía de la línea. Al señalar una dirección, siempre en línea recta. Un día por error, la línea se torció, trato de arreglarla y terminó en un círculo. Había descubierto por casualidad un nuevo objetivo.


Riotogablio (“El oficio”)




La cinta blanca, velada por las hebras de niebla, serpeaba retorciéndose en sucesivos zigzags, enroscándose hacia las cimas que cerraban  el valle. Tras varias horas al volante, rodando sobre la pista  cubierta por una fina capa de nieve, se había sumido en un estado hipnótico permeable únicamente a las notas procedentes del equipo de sonido, que mantenía con el volumen al mínimo para favorecer la concentración precisa: From Darkness de Avisshai Cohen Trio. 

Anochecía cuando coronó el puerto. Allí no había rastro de bruma. El cielo aparecía diáfano. Era un emplazamiento perfecto y recóndito a cuya localización había consagrado muchas jornadas.  

Apartó el coche de la carretera y lo orientó convenientemente. Localizar su objetivo hacia el oeste fue sencillo. Montó el equipo, conectó el portátil y tras consultar los indicadores, efectuó los ajustes oportunos y activó el temporizador a tres minutos, finalizados los cuales, mientras el programa procedía al apilado y procesado de los datos, contempló con fruición el lejano resplandor, jugueteando con una miríada de ideas subyugantes.

Unos pitidos intermitentes la reclamaron. Al observar el monitor, lo que a simple vista era un insignificante punto brillante había adoptado una forma esférica definida. Esbozó una sonrisa al constatar que por mero azar en la imagen aparecía nítidamente el tránsito de una de las lunas del planeta - Europa, según comprobó en las tablas de predicción publicadas en la web de astronomía que consultaba habitualmente - y su sombra proyectada sobre la superficie gaseosa.

En virtud de una circunstancia denominada técnicamente oposición, protagonizada por el Sol, la Tierra y Júpiter, las condiciones para observar al gigante del sistema solar,  rey supremo del panteón romano,  eran especialmente favorables esos días, por encontrarse unos cuantos millones de kilómetros más cerca.

Antes de desconectar el ordenador ejecutó una animación que había guardado por curiosidad: en ella se realizaban sucesivas comparaciones, primero entre los planetas del sistema solar, en el caso de la Tierra y Júpiter la diferencia de tamaño resultaba apabullante. Posteriormente se constataba la insignificancia del Sistema Solar en el conjunto de la Vía Láctea que a su vez aparecía diminuta al lado de otras galaxias fotografiadas por el telescopio Hubble. Un punto entre miles parpadeaba en otra imagen cuando detuvo la presentación: la galaxia UDF-423 a 10.000 millones de años luz. 

Su ánimo no estaba especialmente proclive a la reflexión en aquellos momentos, pero al tratar de imaginar la distancia que la separaba de aquella vibración del universo, una extraña serenidad se adueñó de su conciencia, un latido de lucidez que la proyectó a su vez a un puñado de años luz de la brega cotidiana en la que, por cuestiones que consideraba irrelevantes, se consumían tantas vidas a su alrededor. Sí, una vez más la terapia astronómica ponía las cosas en su lugar...









viernes, 12 de febrero de 2016

Precognición


Vas seguint el riu del temps,
vas buscant uns ulls valents,
un estímul real,
una llum lluny del teu cap,
algú que et dongi la mà.

(Sopa de Cabra "Exilis")







Bajo una luz tamizada por las hojas de los árboles, contemplaba de soslayo el rostro de aquella mujer, su cuerpo, sus manos… Mantenía  el oído atento, concentrada en las escasas frases que dirigía a su interlocutor a través del teléfono portátil,  tratando de evitar que su curiosidad resultara demasiado evidente. Era el suyo un interés que se ceñía a lo profesional. Aplicaba un método informal, fundamentado en la observación de ciertos indicios significativos  que le permitieran iluminar las zonas de sombra donde residían las claves de las que se alimentaban sus perfiles,  sus pronósticos. Lo que comenzó como una habilidad curiosa que se nutría de su carácter,  se había transformado en un modo de ganarse la vida, tal vez poco ortodoxo, en una técnica intangible y paradójica dotada de un elevado grado de fiabilidad y validez.

Tenía delante a una persona cuya expresión, a pesar de que le constaba su relativa juventud, había sito roturada por la vicisitud, que la había precipitado a un envejecimiento incipiente. Sus rasgos  denotaban un agostamiento vital, presidido por una hiperreflexividad mórbida que parecía suministrar combustible a una turbina, que tras centrifugar los problemas normales inherentes a toda vida, los retornaba transformados en problemas psicológicos, convirtiendo  cualquier contratiempo en algo angustioso e irresoluble. 

Ciertamente, no se la imaginaba…


Fue presentada en su primer año de universidad. Su mentor, un profesor auxiliar del cual ni siquiera era alumna, le explicó de modo sucinto lo que se esperaba de ella, y tras obtener su adhesión, que manifestó con una seguridad sin fisuras, como si toda su existencia anterior no hubiera sido más que una preparación para aquel momento, le reveló la norma esencial que debería presidir su labor en lo sucesivo: 

- No profundices, no analices, déjate llevar por tu intuición. Quiero tus primeras impresiones en bruto, sin elaboración. De doctos expertos que nos abruman con sus razonamientos circulares,  ya andamos sobrados.

Sin embargo, en contra de lo que pudiera pensarse, asumía su cometido como  una  gran responsabilidad, aunque nadie le pidiera cuenta por sus posibles errores, cuya tasa  se daba por asumida de antemano.

Un aspecto enturbiaba su vida: cada día le resultaba más difícil aplicar sobre los demás una mirada transparente, sin contaminar; ver más allá era inevitable.  Ciertamente, esta circunstancia le había permitido eludir no pocas complicaciones, pero a costa de una merma en su espontaneidad, de minimizar cualquier incertidumbre, de transitar por un páramo donde la emoción y la aventura no existían, abandonando tras de sí numerosas relaciones calcinadas que lanzaban sobre su conciencia, ahíta  de escepticismo, espesas columnas de humo...



miércoles, 13 de enero de 2016

Cortocircuito


"He vivido unos días de silencio, de augusto silencio. Ni chirriar de cigarras, ni gorjear de pájaros, ni balar de ovejas, y, sobre todo, nada del rumor enloqueciente de las atareadas o alborotadas muchedumbres humanas".

(Miguel de Unamuno)






Sostiene un café humeante entre las manos. A través de los vapores que emanan de la taza, de las errantes volutas, observa con cierta aprensión el ordenador portátil que reposa sobre el escritorio. No ha abierto su tapa en las últimas semanas. Desde aquel día.


Había anochecido. Sobre el denso  silencio reinante en la habitación  se perfilaba el zumbido emitido por el ventilador del viejo aparato, funcionando a plena potencia para tratar de refrigerar el procesador sometido a una elevada y continua demanda de actividad. Como por descuido reparó en la fecha del correo que acababa de recibir. En un rápido cálculo constató que prácticamente había transitado el otoño recluida en casa, evidencia que la sumió en la zozobra.  Súbitamente experimentó cómo el calor irradiado por el silicio se trasladaba a su propio cuerpo. Fue una llamarada vívida y abrumadora que casi le cortó la respiración, imprimiendo un feroz redoble a su corazón. Una ráfaga de ideas inconexas se adueñó de su conciencia. En un impulso de supervivencia se abalanzó sobre la ventana abriéndola con furia, se apoyó en el alféizar boqueando para buscar con desespero el aire gélido del exterior. Transcurridos unos instantes, ralentizados en su percepción, en pugna por serenarse se dejó caer exánime en la cama. Una imagen remanente fija en su pensamiento: la fina arena  del tiempo goteando inexorable entre sus manos apretadas, derramándose a sus pies, bajo la atenta mirada de una gárgola de sonrisa grotesca. Después, únicamente la oscuridad y un duermevela angustioso.

Se levantó aturdida antes del amanecer. Trastabillando entre el cúmulo de envases vacíos de comida preparada y vasos de plástico, sorteando el desorden, se dirigió a la ducha.  Un aguijonazo de inquietud le sobrevino al observar de refilón su propia silueta, irreconocible,  reflejada en el espejo. Bajo el agua trató de evocar su vida anterior, tan distinta. Acopió la escasa motivación y la energía de que disponía...


Ahora, tras el retorno,  frente al fuego que comienza a caldear la estancia, toma conciencia de los músculos de su cuerpo, cincelados por el esfuerzo sostenido. Sus facciones traslucen el efecto salutífero de su estancia prolongada al aire libre. En su mente diáfana, se ha instalado el anticiclón dispersando la nubosidad provocada por la anhedonia. Regresa de los caminos tras reencontrarse con los antiguos hábitos dormidos en su memoria,  impregnada de  sutiles aromas, reconfortada por el aire fresco y húmedo,  vigorizada por  el rasponazo de los elementos.

Veloz intento de compensar el tiempo derrochado, de recobrar la lucidez y la esperanza…







viernes, 25 de diciembre de 2015

María Zambrano




Nacer sin pasado, sin nada previo a que referirse, y poder entonces verlo todo, sentirlo, como deben sentir la aurora las hojas que reciben el rocío; abrir los ojos a la luz sonriendo; bendecir la mañana, el alma, la vida recibida, la vida ¡qué hermosura! No siendo nada o apenas nada por qué no sonreír al universo, al día que avanza, aceptar el tiempo como un regalo espléndido, un regalo de un Dios que nos sabe, que sabe nuestro secreto, nuestra inanidad y no le importa, que no nos guarda rencor por no ser...

Y como estoy libre de ese ser, que creía tener, viviré simplemente, soltaré esa imagen que tenía de mí misma, puesto que a nada corresponde, y todas, cualquier obligación de las que vienen de ser yo, o del querer serlo.

María Zambrano ("Delirio y destino")




sábado, 12 de diciembre de 2015

La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche) Palma de Oro (Cannes 2013)





No pasarán, no han de pasar
la grisura ni el vacío inmensurable
que sucede al aviso de unos ojos diciendo adiós,
adiós ahora sí, esta vez sí, para siempre, adiós.

(Manolo García, "Morder el polvo")








Abandonó el cine por una puerta lateral que la arrojó a un callejón estrecho y húmedo. Se encontró de súbito sumida en una noche destemplada de árboles pelados y viento pulsátil, en sincronía con el golpeteo provocado por las sensaciones que recorrían su ánimo.

Durante la proyección no existió otra realidad que la de una historia de amor entre la frágil y luminosa Adèle, una chica  que deja atrás la adolescencia, y Enma, una joven y enigmática pintora en cuyos profundos ojos azules se plasman los horizontes abiertos que aquella ansía.

Renunciar a pensar, a desear, a imaginar, únicamente contemplar lo intangible servido a través de unos primeros planos hipnóticos que nunca saturan, que siempre te dejan con ganas de más, la atención en permanente alerta para no perder ningún detalle sutil.

Caminaba pensando que no conocía ninguna filmación de una ruptura amorosa realizada de modo tan sublime. Había presenciado sobrecogida la imagen veraz del desgarro, la desesperación y la devastación, también había asistido con alivio y un cierto regusto de melancolía, al recomponer de fragmentos rotos. Todo ello constituía un estudio de las emociones humanas más auténtico que muchos tratados de Psicología.

Algunos, con la sensibilidad embotada por el prejuicio, hablaban de pornografía, ella únicamente vio reflejada en la pantalla vida y belleza inmarcesible.

Y ahora, quizá inducida por el tiempo desapacible, la nostalgia arañando su piel...







                                            Léa Seydoux (Emma) y Adèle Exarchopoulos (Adèle),
                                            brillantes protagonistas.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Vibración



Estar sentado el menor tiempo posible; no dar crédito a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre y pudiendo nosotros movernos con libertad, a ningún pensamiento en el cual no celebren una fiesta también los músculos. [...] La carne sedentaria […] es el auténtico pecado contra el espíritu.

 (Friedrich Nietzsche,  “Ecce Homo”).







Asistió a la luz crepuscular que preludiaba el orto, respiró los contornos acerados de las cumbres, acarició el profuso bosque que guarnecía el valle, y cuando las nubes volanderas se entretejieron con su piel sintió acrecentarse la llama que alentaba su pecho.

Durante toda la jornada caminó con fruición, inasequible a los arañazos del agotamiento. No iba en pos de una identidad, siempre contaminada por la obligación social de ser alguien, sencillamente deseaba destilar lo esencial, descartar lo irrelevante, integrarse en el flujo de la vida.

Ya en penumbra, cuando  todo quedó reducido a una impresión, a un rumor de fondo, a una intuición que denominó la vibración de lo eterno, y que para ella carecía de cualquier connotación religiosa o mística, sumida en un sereno estado de clarividencia, las preocupaciones que hasta entonces la acechaban se le antojaban infundadas, y tuvo la certeza de que nada de lo que había temido podría sucederle...